sábado, febrero 05, 2005

Pigofilia

De niño soñaba con Nueva York, ahora solo pienso en suicidarme La última vez fue hace dos semanas y casi sale bien. Parece ser que 17 cápsulas de Diazepan no son suficientes. La enfermera del hospital era una señorita muy agradable; me dio unas galletas muy buenas y un zumo de naranja después del lavado gástrico (así llamamos al lavado de estómago los que conocemos el término clínico)
Mi cama estaba al lado de la de un señor que emitía un constante quejido de dolor. Le vino a ver toda su familia; solían venir de dos en dos. Durante las visitas no cesaba su quejido aunque si es verdad que se hacía más tenue. Una vez incluso soltó una carcajada que parecía presagiar el final del dolor. Solo era un espejismo. El final del dolor llegó dos noches más tarde. Los grillos estaban furiosos y su canto tronaba feroz. Cuando se le llevaron me fulminó el recuerdo de que odio dormir solo en una habitación extraña. Poco después me dieron el alta .Al llegar a casa cogí una bolsa de plástico y metí todos los objetos punzantes y potencialmente peligroso para mi vida. Me dio mucha pena tirar la navaja suiza que me había encontrado hacia muchos años en el descampado de al lado de mi casa. Le faltaba el palillo de plástico pero era una suiza estupenda. Me sentí muy solo cuando arrojé la bolsa de plástico al contenedor. Fue muy complicado encontrar en el supermercado muchos alimentos que se puedan comer sin cubiertos, me pasé media tarde allí. En la tele pusieron una película de las que te ponen nostálgico así que decidí llamar a alguien por teléfono. Estuve hablando con Jonás, un buen amigo de la infancia. Me lo pasé muy bien con la conversación, me hablaba de un nuevo tractor que había comprado su padre para las tierras. Con él será todo más fácil, decía. Ahorraremos mucho tiempo. Me preguntó que cuándo volvía por allí y yo le dije que pronto, pero estaba mintiendo. Colgué el teléfono y se me ocurrió súbitamente un epitafio muy ingenioso: “Fin”.