martes, mayo 03, 2005

Punto de Encuentro


1
Las nubes de alabastro han hecho de la lluvia
ráfagas de pájaros muertos.
Su vuelo solemne se interrumpe:
impacto de piedra.
Sueña el monte con flores de cartón
sin muerte, sin despedida;
para burlarse del olvido.
Tus ojos son de montaña y mar
al mismo tiempo,
guardo todas las cáscaras
por el corazón de miel.
La boca me sabe a quebranto,
y las maletas están hechas
me voy a vivir con los monstruos de hebra
bajo mi cama.

2
Me prendo al techo de unos hilos
para ver la habitación a vista de pájaro.
La sábana hace dunas azules
bailando con la corriente
que entra por la ventana.
El skyline de Nueva York en blanco y negro
confirma que soy un creador;
desde aquí son ametralladoras
con cargador de carta de ajuste.
Río a mandíbula batida como un loco
cuando barro y descubro una vez más
abalorios que dejaste olvidados.
Recomiendan poner la cara de recibir besos
para las fotos.

3
Eres el derrame de mis palabras,
gotas de hiel engarzadas en la corona ausente,
manos bailarinas al otro lado del abismo,
rachas de belleza cotidiana.
Eres tú, y no el pecho inflado de la noche
rebosante de oxígeno azul oscuro.
También soy yo, y mi soledad quebrada
a salvo entre las cuatro paredes de tus corneas:
vacaciones de verano en mi comisura favorita.
Vivo en bares con palabras en vez de cuadros en al pared
mis compañeros me invitan a la última
y escuchan nuestra historia
una vez más.
Brindo por ellos.

martes, marzo 22, 2005

Canciones

La tarde tambalea entre mis rodillas, de las tuberías que visten las paredes de ladrillo, nace ese olor a aguarrás y óxido que tan bien conozco. El sol es la única peca del enorme rostro cian que domina todos los ángulos de visión posible. La puerta de entrada al Instituto está abierta y las listas están puestas. Lo he conseguido. En un vuelo vuelvo a casa sin compartir mi alegría más que conmigo mismo. Me tumbo en mi cama boja abajo y esbozo una leve sonrisa. Cierro los ojos -Las barcas de dos en dos, como sandalias del viento-. Los abro en medio de una de esas mañanas de terciopelo -¿qué hace esa expresión en mi cabeza, si nunca la había oído?-, lo que queda del Otoño, lo que recuerdo yo al menos, respira pausadamente a escasos centímetros. Su expresión suavizada mientras duerme, hace que sea un crimen despertarla. Yo la miro, como un piscis, luego beso su piel de color de arenas movedizas, sé que se despierta antes de mirarme. Me deja ver sus ojos entumecidos y sin que me de cuenta me clava su báculo real: princesa venenosa. Yo me río, ella también. Enloquecidos nos abrazamos para avivar aun más si cabe el deseo. Todo es muy fácil: bailamos juntos (ella no estaba en mi baile de graduación. Yo tampoco fui) entre carcajadas. Me elevo dos metros por encima de la escena y caigo de pie dando saltos sobre la cama que ahora es diferente. Me miro al espejo de enfrente y tengo 8 años, llevo una camisa de hombreras amarilla y mi cara son dos carrillos rojos. Me bajo de la cama y está llena de tebeos, oigo a mi madre gritar que así romperé la cama y luego tendré que dormir en el suelo. Salgo a la calle y cojo el coche para ir a la tienda a trabajar. 300 barras de pan hoy. El mundo vuelve a tambalear.¡Despierta que llegamos tarde a clase!. Habitación de internado: muchas caras hostiles y unos pocos amigos. Para llegar a clase tenemos que atravesar un kilómetro de hierba. Las chicas están estupendas y por la noche, en el baile del gimnasio lucen sus conjuntos de brazos de tipos de amplias sonrisas, y botellas de vodka en la mochila. Trato de buscar el lado fresco de la almohada, y al darme la vuelta sigues aun ahí, esperando. ¿Me permite este último baile señorita? Ríes y parece que has inventado la carcajada. Finges un rubor en las mejillas. Así empieza el día.

sábado, febrero 05, 2005

Pigofilia

De niño soñaba con Nueva York, ahora solo pienso en suicidarme La última vez fue hace dos semanas y casi sale bien. Parece ser que 17 cápsulas de Diazepan no son suficientes. La enfermera del hospital era una señorita muy agradable; me dio unas galletas muy buenas y un zumo de naranja después del lavado gástrico (así llamamos al lavado de estómago los que conocemos el término clínico)
Mi cama estaba al lado de la de un señor que emitía un constante quejido de dolor. Le vino a ver toda su familia; solían venir de dos en dos. Durante las visitas no cesaba su quejido aunque si es verdad que se hacía más tenue. Una vez incluso soltó una carcajada que parecía presagiar el final del dolor. Solo era un espejismo. El final del dolor llegó dos noches más tarde. Los grillos estaban furiosos y su canto tronaba feroz. Cuando se le llevaron me fulminó el recuerdo de que odio dormir solo en una habitación extraña. Poco después me dieron el alta .Al llegar a casa cogí una bolsa de plástico y metí todos los objetos punzantes y potencialmente peligroso para mi vida. Me dio mucha pena tirar la navaja suiza que me había encontrado hacia muchos años en el descampado de al lado de mi casa. Le faltaba el palillo de plástico pero era una suiza estupenda. Me sentí muy solo cuando arrojé la bolsa de plástico al contenedor. Fue muy complicado encontrar en el supermercado muchos alimentos que se puedan comer sin cubiertos, me pasé media tarde allí. En la tele pusieron una película de las que te ponen nostálgico así que decidí llamar a alguien por teléfono. Estuve hablando con Jonás, un buen amigo de la infancia. Me lo pasé muy bien con la conversación, me hablaba de un nuevo tractor que había comprado su padre para las tierras. Con él será todo más fácil, decía. Ahorraremos mucho tiempo. Me preguntó que cuándo volvía por allí y yo le dije que pronto, pero estaba mintiendo. Colgué el teléfono y se me ocurrió súbitamente un epitafio muy ingenioso: “Fin”.

jueves, diciembre 23, 2004

Renacer

Sabes que te has metido en un lío, cuando te mueres de sed y lo único que hay para beber es ese apestoso líquido corrector. Lunes por la mañana y todo es mi enemigo. Bueno, todo no. Ayer saqué el coche del aparcamiento nocturno y me puse rumbo a la capital. Hice una pequeña parada en la Floristería Toñi para comprar una docena de claveles. La tendera, que increíblemente se llama Toñi, es una señora de mediana edad muy amable; es de ese tipo de mujeres que te imaginas amasando el hojaldre de la lasaña, con las manos enharinadas y un manejo dulce del rodillo. Toñi me dijo que a este tipo de flores hay que hablarles para que se mantengan bonitas. Dicho y hecho: puse el ramo en el asiento del copiloto y me decidí a hablarle durante todo el trayecto. Le pregunté qué tipo de música le gustaba y me dijo que la música de tuna, su canción favorita, evidentemente, era Clavelito. A mitad de camino, me paró un agente de la policía de tráfico para multarme por hablar por teléfono mientras conducía. Es por las flores, agente, que si no se me quedan dormidas. Puso una cara extraña y decidió dejarme seguir. El tráfico de Madrid es un tráfico familiar, en tanto a las veces que se menciona a la madre del resto de los conductores. Los claveles acostumbrados a su tranquila vida de invernadero, daban claras muestras de amedrentamiento. Ella estaba con la espalda apoyada en la Puerta del Sol: toma, son para ti. La tarde en Madrid fue un paseo errante; un parque sin nombre con vistas a la sierra y a la ciudad –el cielo era de color naranja, y el horizonte podía ser perfectamente el mar si entornábamos los ojos-. Me prometió que también habría noche, y así fue. El señor de las luces encendió la Navidad en la Plaza Mayor, a nuestro alrededor. En un escaparate, un niño de 4 años avisaba frenéticamente a su compinche: “Mira, le da besos, le agarra por la cintura”. Su fascinación me conmovió hasta nublarme la vista; hice un esfuerzo pues los chicos no lloran y no puedo ser un mal ejemplo. En una de esas calles que no aparecen en las guías turísticas: ya sabes, una mercería en la esquina, contenedores de reciclaje en la acera… se silenció prodigiosamente Madrid. Solo los grillos y ella y yo abrazados al margen del tiempo. Mientras girábamos me susurró: “que ninho mais bonito”. En una etiqueta de cerveza le escribí algo a medio camino entre una coplilla y un haiku, algo sobre sus ojos -por supuesto- y una canción. De vuelta al coche, alcé la mirada al cielo para ver las palabras que son luces de Navidad este año: BALCÓN, AVIONETA, RETROCESO, CAMINO… El perfume de las flores se mantenía aun fresco en el interior del coche. Hasta pronto.

jueves, diciembre 09, 2004

Pasión Hipnótica

No hay más que pasear por estas calles miserables para entenderlo. El interior de esas mismas casas se presume más clemente pero engaña. Este frío es la antítesis de tu piel cuando dabas cuerda al tictac del acordeón. Aquí debe ser Navidad siempre a juzgar por la intensidad de las celebraciones: Papá Noel escala los balcones desde Octubre y los gatos prestidigitan en lo alto de los tejados. Todos los gatos de Braga son negros en Navidad, pero la mala suerte solo es una teoría para explicar las lágrimas que se congelan de camino al centro: hay que ver los monumentos y fotografiarlos, ya se sabe. Ja Sei Namorar forma parte del entorno natural; brota de las profundidades de la tierra y se apodera de los acentos, que inconscientes, han amueblado la nueva vida con su veteado tropical. Nadie quería estar aquí pero todos son obscenamente felices, nadie se lo puede permitir, pero hay fiesta todos los días. Los chavales negros de Cabo Verde me llaman Cobain y me llevan con ellos a sus dormitorios claramente diferenciados para ver el fútbol. Algo debe fallar si ellos entienden mi idioma y yo el suyo no. Si, yo hablo un perfecto Portuñol. Este dormitorio está envenenado de pasión hipnótica y es muy difícil de discernir si marca el principio o el final. ¿Qué tal Portugal? La verdad es que no lo sé, creo que no estuve allí. ¿Qué otra cosa podría decir un urbanita de pueblo? Come y calle. Está muy buena la Francesinha a estas horas de la tarde. Esa catedral flanqueada de casitas estrechas multicolor con formas poco rotundas parece derretirse a cada momento. El fin de semana más largo de los últimos mil años culmina una madrugada de jueves, casi como empezó. Yo, anciano, tomo el tren y después el autobús de la mañana y desaparezco (un poco más).