sábado, enero 26, 2013

Agua de colonia


La sobriedad y la comida que no mancha apenas los platos,
me devolvieron a estas falsas noches despiertas de ojos cerrados
donde circulo las nítidas autopistas que conectan mis paraísos;  
los reinos perdidos de la paciencia
como colonia de bebé abierta en la cornisa de la ventana.

viernes, enero 11, 2013

Estación en curva


El espacio de nuestra vida fue el de los deditos de los pies,
aquí yo, aquí tu trabajo, dijiste una noche.
Yo te había comparado el cuerpo con las siete Estaciones Abundantes
ricas en luz y en los escudos celestes de tus ojos, de tu espalda reclinatorio
y de tu sonrisa.
Tu boca tenía un norte recto y reía en los inviernos de aquí
y un sur desordenado, como para poner cara fea a posta,
algo imposible en ti.
Los deditos,
tu sonrisa enigmática y tu cabeza temblona de los inicios,
tu aprecio por lo fácil de las circunstancias
que nos habían llevado a un tú y yo que yo llamaba
la Revolución Incomprensible
y me hacía fotos en tu habitación y me miraba en aquellos espejos primeros sin saber nada,
y dejaba pasar llamadas de teléfono en las primeras mañanas tuyas, más feliz que nunca.
Los pasitos, los deditos,
tu vientre quizá, los paseos cinematográficos en el Madrid de tus palabras buenas sobre el amor nuestro, nuestro reino breve y abundante,
tus rodillas quizá las primeras turbulencias, el vaticinio de la Noche.
En tu vientre yo decía: amor mío, amor mío, este señor con barba blanca se llama Walt Wilthman y se lee en el césped,
la ducha era un poema que reproducíamos poniendo nuestra vida en inglés, y yo aprendí a ducharme deslizando la mano, los deditos,
de arriba abajo, de la frente al mentón,
qué manera de descubrir el color verde más allá del chorro de la ducha.
Y me leíste con la voz apagada y emocionada las palabras en mitad de la humilde línea 1 del Metro de Madrid.
Tu pecho eran bodas y el mar de tus amores, que nos llevaban de Norte a Sur, como viajeros bidimensionales;
en Donostia  nos queríamos como ladroncitos con la piel al rojo vivo en la grandísima pulcritud de aquella casa.
En tu Sevilla templada, los helados de nombres,
el llegar a casa y quererse como Analfabetos delante del espejo,
nuestro amor de barras libres, de excedernos en todo,
el suelo frio y una cerveza sola de Cruzcampo en el frigorífico de la Histerectomía, bebida a solas con el remordimiento de niño de colegio público.
Y Turquía donde yo quería filmar un documental sobre la LUZ
y tus chanchullos con ella, el gran calor y las alpargatas de calidad mínima rotas el primer día.
Y los barcos, los deditos de mar entre países. La apabullante suerte de las fotos al final de las galerías multimedia del corazón.
Los deditos, el cuello, bocanegra,
tus ganitas de estudiar Historia, de estudiar América, de estudiar francés, de conocer a un psicólogo.
Nos faltó mucho París con los deditos cruzados, un París nuestro.
De aquí a aquí me gustas te dije yo veces y veces, del dedito del pie a la coronilla, de abajo a arriba.
Y reías y lo intentabas escribiendo con el dedo aquello de dormir juntos en mi espalda. La tinta caliente de tus dedos.
La comunicación asíncrona de nuestra pequeña vida.
“Me voy contigo donde te lleve tu trabajo”, aquella canción sobre los árboles.
La gratitud del pensamiento, de que te fuiste por grandes estudios
y por el balón deshinchado de extrañarme,
y no por un gimnasio y una dieta.
Y tu sonrisa enigmática también, la del último día.
Y tu pelo y tu reloj y la chapa con mi cara podrida de Dinero,
y los cilindros de mi corazón en esos libros de la estantería,
no los tires nunca,
y este poema que se te había ocurrido a ti.

miércoles, marzo 14, 2012

Oda a las nubes

Algunas veces, mejor dicho, casi nunca,
una nube de color negro se coloca encima de tu cabeza,
-sé que es una nube y no otra cosa porque me lo han dicho-,
tus manos se vuelven frías y esquivas
y tu mirada se parece a la que identificas en mí
cuando me paso tres pueblos de beber y me pongo a mirar las paredes,
algo tienen en común estos momentos:
dolor en la clavícula, ganas de devolver,
noches iluminadas por las lámparas de la calle,
más tarde: el final de la noche,
me abrazas como una muda que solo quiere conocer
las palabras del agua y de la arena,
un reptil asustado
en mitad de esta ciudad donde el agua llega solo hasta los tobillos.


viernes, enero 27, 2012

NY-ESO-1

Es sábado por la mañana y entro en falsas panaderías francesas donde sirven café y cerveza
y tomo de ambas a partes iguales, siempre en busca de la justicia
con una sensación de ebriedad nerviosa que me pone a la altura de los ángeles,
que me recuerda al mar y a cuando eras distante conmigo, con escasas ganas de estar pendiente, decías.
Yo soy Ramón Egea café y cerveza, poesía y headhunting, el hijo de Madrid,
un tipo que sueña con que pega a su padre muerto puñetazos en el rostro
o le ata a una silla en un sótano para salvar el presente
y a su pequeña y desordenada familia que pasa frío, allá en Castilla,
donde se usan los descansillos como congeladores en lo crudo del invierno
y sale humo de la boca incluso con todas las puertas y ventanas cerradas.
Yo soy Ramón Egea, de rodillas ante la ventana porque decides venir a mi casa,
que sube la escalera del éxito pensando en qué pensaría su padre si le viera, sin embargo,
que reza por la vacuna NY-ESO-1, el nombre más hermoso de la Tierra,
desarrollada por científicos aspirantes a santos de la ciudad de Buffalo, estado de NY,
que no siente soledad ante las computadoras.
Un tío que lee la vida en el futbol
y que da patadas al balón de las letras mientras camina y dormita,
que no sabe de dónde demonios viene el gran helio del corazón, las palabras,
un tipo que elige como mejor momento del día los cuatro segundos
que aguardan tras el apagado de la luz de tu flexo púrpura, que se agarra a tu pecho para salvarse de la vida, que te propone leer al aburrido y exaltante Withman –cerveza y café- en algún parque de su ciudad, Madrid.
Ramón, un tío que te besa en los pelitos de la espalda y te muerde los labios
que te habla de París y sus clavos de acero, un tío esforzado que se equivoca mucho,
que salta sobre el alambre, que finta como jugador de balonmano castellano
ante la portería de la monstruosidad, un tío lejos de casa, con miedo a las aguas bravas
y amor por las aguas serenas base para cualquier alimento y bebida,
Ramón Egea, enemigo de las matemáticas en el amor,
fanático en el arte de contar las noches por sueños compartidos contigo, bonita mía.

viernes, julio 22, 2011

Santa Fe

Lloró conmigo y habló así “ya no se puede romper nada”.
Habíamos pasado una suerte, una gran suerte de fiebre juntos
como 3 días, un fin de semana largo como jugador de baloncesto blanco
como guardameta antiguo, dejando expirar tickets de museos lejanos
allá donde se ganan la vida en Madrid las prostitutas africanas de edad mediana.
Pegados como los imanes de su gran mundo en el frigorífico que ella imagina
todo suyo, de verdad, su sangre y más allá, sus gritos ahogados
en mitad de un bloque expuesto 360 grados a los vecinos,
sin poder evitar besarnos a cada minuto la boca y las manos por la noche,
hartos de café frío de Santa Fe, California, esa historia,
sin poder dormir inventando el ranking de cada cuerpo:
la barba, fíjate en este color extranjero, pobremente poblada,
qué lejos de casa y tan conmovido tratando de hacer bien las cosas,
para calmar tus pesares,
para que chicos tengan un trabajo, qué suerte tienes granuja. Sí.
Y los ojos, claro, como siempre te digo,
esa luz que imagino vela los sueños de la memoria infinita
del pino Great Basin, Matusalén,
que parece un mago enfermo en un túnel de viento,
y cuya localización exacta permanece en secreto
para protegerlo y evitar vandalismos.
Pero es un árbol de América eso sí sabemos.